Le exigió bajarse de la camioneta blindada creyendo que era un chofer andrajoso, pero el control satelital reveló al dueño de toda la plaza

Publicado por Usuario12 el

Si vienes de Facebook, seguramente te quedaste con la sangre hirviendo y un nudo amargo en la garganta al ver la saña con la que aquella mujer arrogante golpeó el cristal polarizado de la camioneta de lujo con sus tacones de diseñador, gritándole frente a los transeúntes a un muchacho de playera sencilla que un muerto de hambre no tenía derecho ni a respirar el aire acondicionado de ese vehículo. Prepárate, busca un lugar cómodo y no apartes los ojos de la pantalla ni un solo instante, porque la verdadera identidad de ese tranquilo conductor y el colosal colapso que se desató cuando la gerencia general se arrodilló frente a él es infinitamente más estremecedor e impactante de lo que imaginas.

El reflejo del sol sobre la carrocería y el eco del taconeo

Eran exactamente las doce y media de un martes caluroso en el distrito financiero más exclusivo de la ciudad.

El estacionamiento subterráneo de Plaza Platinum Towers no era una cochera pública común y corriente.

Era un recinto privado de triple altura, iluminado con reflectores led de luz blanca y vigilado por cámaras de circuito cerrado con reconocimiento de matrículas.

El suelo estaba recubierto por una resina epóxica gris brillante, tan pulida que reflejaba los techos climatizados como si fuera un espejo de agua.

En los cajones preferenciales de la zona VIP reposaban superdeportivos, limusinas ejecutivas y todoterrenos de blindaje militar pertenecientes a magnates y diplomáticos.

En el cajón número uno, reservado con letras doradas bajo la leyenda Uso Exclusivo de Presidencia, descansaba una imponente camioneta todoterreno negra de última generación.

Una bestia mecánica de ocho cilindros con vidrios blindados oscuros, rines cromados de veintidós pulgadas y carrocería de fibra de carbono pulida.

Adentro del habitáculo, con el aire acondicionado funcionando a diecinueve grados y el motor en silencio, estaba sentado Gabriel.

Gabriel tenía veintiséis años, hombros anchos de nadador, facciones limpias y una mirada oscura, profunda y extraordinariamente serena.

No vestía trajes de etiqueta de sastrería italiana ni corbatas de seda estridente.

Llevaba puesta una playera negra básica de algodón suave, limpia pero sin marcas a la vista, unos pantalones de mezclilla azul desteñidos en los muslos y zapatillas deportivas sobrias.

En su muñeca izquierda no brillaban joyas aparatosas; únicamente portaba una pulsera delgada de hilo trenzado que le había regalado su abuelo antes de partir.

Gabriel descansaba recostado en el asiento de piel genuina, revisando en su tableta digital el balance de cierre de la asamblea anual del consorcio inmobiliario que acababa de presidir.

El muchacho disfrutaba de esa sencillez; no necesitaba alardear de su inmenso poder ante el mundo.

Su abuelo, Don Fernando Santillana, el legendario constructor que levantó desde los cimientos todo ese complejo financiero, le había grabado una máxima indestructible en el corazón:

«La verdadera autoridad jamás necesita gritar para hacerse notar, Gabriel; los que necesitan humillar a los demás para sentirse importantes, llevan el alma podrida por la mediocridad».

Con esa templanza de espíritu, el joven apagó la pantalla de su tableta y cerró los ojos por un instante para respirar en calma.

Pero esa paz no duraría mucho tiempo.

A través del estacionamiento, haciendo retumbar el suelo de resina con el chasquido violento de unos tacones finos, avanzaba una mujer.

Se llamaba Montserrat Larrea.

La bolsa de diseñador y el golpe en el cristal blindado

Montserrat tenía veintisiete años, el cabello castaño con mechas rubias peinado con secadora de salón, gafas oscuras de marco dorado y un vestido ceñido de lino blanco.

Colgando de su antebrazo derecho lucía una bolsa de mano de piel de cocodrilo con herrajes dorados, cuyo precio superaba el costo de un automóvil compacto.

Heredera de un contratista menor que buscaba desesperadamente una concesión de locales en la plaza, Montserrat vivía obsesionada con aparentar un estatus que no le pertenecía.

Caminaba buscando un lugar para estacionar su convertible deportivo, furiosa porque todos los cajones cercanos al elevador ejecutivo estaban ocupados.

Al llegar frente al cajón preferencial de presidencia y ver a la colosal camioneta negra aparcada allí, aceleró el paso con una mezcla de envidia y prepotencia.

Se acercó a la ventanilla del copiloto y miró hacia adentro a través del polarizado.

Al distinguir la figura de un muchacho joven con una playera básica y zapatillas deportivas, su expresión se deformó en una mueca de asco visceral.

Para Montserrat, cualquier persona vestida con sencillez solo podía ser un sirviente, un chofer de patio o un intruso que afeaba su entorno.

Sin dudar un solo segundo, la mujer levantó la mano derecha y descargó la punta de su anillo de diamantes directamente contra el cristal blindado:

¡TOC-TOC-TOC!

El sonido seco retumbó en el habitáculo climatizado.

Gabriel abrió los ojos despacio, sorprendido por el golpe repentino.

Bajó la ventanilla eléctrica unos cuatro dedos, sintiendo de inmediato la bocanada de aire caliente del exterior:

—Buenas tardes, señorita. ¿Se le ofrece algo? —preguntó Gabriel con un tono de voz tranquilo, limpio y educado.

Montserrat se retiró las gafas oscuras con un ademán brusco, clavándole una mirada inyectada en desprecio absoluto:

—¿Que si se me ofrece algo? ¡Claro que se me ofrece, chofer de pacotilla! —soltó la mujer con una voz nasal, aguda y cargada de una soberbia asfixiante.

Gabriel parpadeó despacio, manteniendo las manos apoyadas con serenidad sobre el volante de cuero cosido a mano:

—Dígame en qué puedo servirle.

Montserrat dio un paso hacia el frente, invadiendo el marco de la ventanilla con una nube sofocante de perfume importado:

—¡Quita este mastodonte de este cajón ahora mismo! Llevo diez minutos dando vueltas buscando dónde meter mi convertible y no voy a permitir que un empleado de intendencia tenga el coche de su patrón estorbando en la entrada.

La amenaza de la caseta y las risas de la acompañante

Gabriel miró el letrero metálico clavado en la pared frente al vehículo, donde se leía claramente: Cajón Número 1. Reservado Exclusivo.

El joven respiró hondo, sosteniendo la mirada arrogante de la mujer sin perder la compostura ni un solo milímetro:

—Señorita, este cajón no está disponible para visitantes generales. Es un espacio asignado de forma permanente.

Montserrat soltó una carcajada estridente y hueca que rebotó con eco por las columnas del estacionamiento:

—¿Espacio asignado? ¡Por favor! Sé perfectamente que este lugar es para la presidencia del consorcio, no para que los peones vengan a refrescarse con el aire acondicionado mientras esperan al patrón.

En ese momento, una amiga de Montserrat que venía caminando detrás con dos bolsas de compras caras se unió a la escena, soltando una risita burlona:

—Ay, Montserrat… dile que se baje antes de que manche la piel del asiento con esa ropa de tianguis. Mírale las zapatillas desgastadas; seguro es el ayudante del chofer principal.

Montserrat asintió con una mueca triunfal, cruzándose de brazos frente a la puerta del conductor:

—Ya escuchaste, muchachito. Bájate de esa camioneta en este mismo instante y saca este vehículo de mi vista antes de que llame a la seguridad de la torre.

Gabriel la miró fijamente a los ojos, con una calma tan profunda que desarmaba cualquier intento de provocación:

—No me voy a bajar, señorita. Y tampoco voy a mover este vehículo.

La negativa limpia, pausada y desprovista del más mínimo rastro de temor cayó como gasolina sobre el ego herido de Montserrat.

A las mentes huecas que utilizan el dinero para sentirse superiores les enfurece profundamente encontrarse con alguien sereno que no tiembla ante sus gritos.

El rostro de Montserrat se transformó en una máscara roja de cólera visceral.

Levantó su bolso de cocodrilo y azotó la moldura metálica del espejo retrovisor con un golpe violento:

¡CLAC-BAM!

—¡Tú a mí no me desafías, muerto de hambre! —rugió la mujer con los dientes apretados—. En esta plaza gasto en una tarde más de lo que tú ganas en tres años de salario mínimo limpiando parabrisas.

La mujer sacó su teléfono celular dorado del bolsillo de su vestido, agitando la pantalla encendida frente a los ojos de Gabriel:

—Te doy exactamente sesenta segundos para apagar el motor, bajar de esa camioneta y entregarme las llaves para que los aparcacoches muevan este estorbo.

Montserrat dio un paso más, amenazándolo con el dedo índice a escasos centímetros del rostro:

—Si no te largas por las buenas, voy a marcar directamente a la oficina del director general de la plaza. Le diré que un intruso con facha de delincuente allanó una camioneta blindada y está intentando robarla.

La mujer soltó una risa cargada de veneno puro:

—Quiero ver cuánto te dura la sonrisita cuando te caiga la seguridad privada encima, te tiren al piso con las manos en la espalda y salgas de este sótano directo a una celda del ministerio público esposado como la rata que eres.

La calma en el habitáculo y el botón de titanio

El silencio que siguió a aquella amenaza fue denso, pesado y cortante como una cuchilla helada.

La amiga de Montserrat miraba hacia los lados con una sonrisa burlona, saboreando por anticipado la supuesta humillación del conductor.

Gabriel bajó la mirada despacio hacia el volante.

Permaneció completamente inmóvil durante cuatro segundos eternos.

No soltó una maldición vulgar.

No levantó la voz para responder al insulto ni se bajó del vehículo para intimidar físicamente a las dos mujeres como Montserrat esperaba para justificar a los guardias.

Gabriel levantó la cabeza lentamente.

En sus labios limpios comenzó a dibujarse una sonrisa diminuta, gélida, calculadora y absolutamente demoledora.

Una sonrisa que le erizó los vellos de la nuca a la acompañante de Montserrat y que apagó en una milésima de segundo la risotada de la agresora.

—Guarde muy bien sus amenazas para los próximos cinco minutos, señorita Larrea —dijo Gabriel con una voz tan suave, modulada y clara que cortó el aire caliente como navaja recién afilada—. Porque antes de que termine el día, va a necesitar a esa seguridad que tanto presume para que le ayuden a empujar su coche fuera de mi plaza.

Montserrat parpadeó desconcertada por una fracción de segundo al escuchar su propio apellido, pero su soberbia enfermiza se negó a procesar la advertencia:

—¿Cómo sabes mi apellido, atrevido? ¿Estuviste espiando mis documentos por la ventana? ¡Ahora sí que vas a terminar en la cárcel!

Gabriel no respondió con más discusiones.

Metió la mano derecha en el bolsillo de su pantalón de mezclilla.

Extrajo un control remoto maestro forjado en titanio pulido con pantalla digital miniatura y una banda magnética de alta seguridad:

El transmisor de mando supremo que controlaba los accesos biométricos de toda la torre, los elevadores privados y el encendido satelital de la flota fiduciaria.

Gabriel presionó un comando en el teclado táctil del control.

En ese segundo exacto, los altavoces de seguridad del estacionamiento subterráneo emitieron un doble tono agudo:

¡PI-PI!

Y por encima de los cajones de estacionamiento, la pantalla led monumental del sistema de bienvenida de la plaza se iluminó en letras doradas:

Comando Maestro de Presidencia Activado. Vehículo Oficial de Don Gabriel Santillana de la Garza. Prioridad Absoluta Nivel Uno.

La amiga de Montserrat abrió los ojos de par en par, retrocediendo dos pasos sobre el piso de resina con el bolso temblando en los dedos:

—Montserrat… oye, Montserrat… mira la pantalla del techo… ese nombre…

Montserrat sintió una punzada helada en el estómago, pero su orgullo la cegaba por completo:

—¡No seas ingenua, Daniela! Seguro hackeó la señal con una aplicación del celular… estos choferes hacen cualquier cosa para no perder el empleo…

Pero antes de que la mujer pudiera marcar el número de la caseta…

El sonido neumático del elevador ejecutivo abriéndose a espaldas del cajón rompió la atmósfera con un campanillazo seco:

¡DONG!

El descenso de la directiva y el colapso del falso trono

Por las compuertas de cristal templado del elevador apareció una comitiva que paralizó en el acto el eco del estacionamiento.

Avanzaba a paso apresurado Don Horacio Fonrouge, Director General Ejecutivo y Administrador Supremo de todo el complejo Plaza Platinum Towers.

A su lado caminaban el jefe de seguridad patrimonial de la torre, dos auditores legales con maletines de piel y cuatro oficiales de seguridad privada con trajes oscuros y radios de comunicación.

Don Horacio era un hombre de sesenta años, respetado en el sector financiero por su carácter riguroso y por no doblegarse ante ninguna figura pública.

Al divisar la camioneta negra y ver a dos mujeres paradas junto a la ventanilla del conductor, el director aceleró el paso con evidente preocupación:

—¡Señor Presidente! ¡Recibimos la alerta de seguridad en la consola central del piso cuarenta!

Montserrat vio llegar al director general y creyó erróneamente que sus oraciones de arrogancia habían sido escuchadas:

—¡Don Horacio! ¡Qué milagro que baja usted mismo! —exclamó la mujer acomodándose el vestido de lino con una sonrisa ensayada y los brazos extendidos—. Estaba justamente a punto de reportar a este chofer insolente. Se metió en el cajón de presidencia, me insultó y se niega a mover la camioneta para que yo estacione mi auto.

Montserrat señaló hacia la ventanilla con desprecio absoluto:

—¡Ordene a sus guardias que saquen a este muerto de hambre a golpes de ese asiento y que lo despidan en este mismo instante!

Don Horacio Fonrouge ni siquiera miró la mano extendida de Montserrat.

No miró el vestido blanco ni la bolsa de cocodrilo.

El director general esquivó a la mujer con un ademán frío y fulminante de su portafolio de cuero como quien esquiva una bolsa de basura en medio de la acera, haciendo que Montserrat tropezara sobre sus propios tacones finos.

La comitiva entera avanzó a paso marcial directo hacia la puerta de la camioneta todoterreno.

Al llegar frente al vehículo, el Director General Ejecutivo del complejo inmobiliario más caro del país se detuvo con una disciplina solemne.

Juntó los pies sobre el piso de resina brillante e inclinó el torso y la cabeza en una reverencia reverencial de noventa grados que dejó congelada a toda la plaza:

—Señor Presidente Don Gabriel Santillana de la Garza. Propietario Absoluto, Accionista Mayoritario del consorcio fiduciario y Dueño Legítimo de cada metro cuadrado de Plaza Platinum Towers.

El silencio que cayó sobre el estacionamiento subterráneo fue tan colosal, tan aplastante y tan devastador que pareció que el mundo entero se había quedado sin aire para respirar.

A la amiga de Montserrat se le resbalaron las bolsas de compras de las manos entumecidas.

¡FLAP!

Las cajas de ropa importada cayeron al suelo con un rumor mudo, pero nadie volteó a mirarlas.

Toda la sangre del rostro de Montserrat Larrea se drenó en una sola milésima de segundo.

Su piel se tornó de un color gris cenizo, lívida como una lápida de cemento recién pulida en una fosa helada.

La mandíbula se le desencajó en una mueca de espanto salvaje y primitivo que le secó la lengua dentro de la boca:

—Santillana de la Garza… Don Gabriel… el nieto del fundador… el dueño… el dueño de todo el rascacielos…

Santillana de la Garza.

El apellido que coronaba en letras monumentales de bronce la entrada principal de la plaza y de los tres rascacielos corporativos.

El magnate enigmático que jamás aparecía en revistas de espectáculos porque prefería administrar su fortuna con discreción y trabajo silencioso.

El muchacho de la playera negra básica…

El joven al que acababa de llamar muerto de hambre, al que le golpeó el espejo retrovisor y al que amenazó con enviar a la cárcel con la policía ministerial…

Era Don Gabriel Santillana.

El dueño legítimo y absoluto del vehículo donde estaba sentado, de la plaza entera, de los contratos de todos los locales comerciales y del futuro económico de la familia de Montserrat.

La súplica sobre la resina y la orden de revocación

Gabriel abrió la portezuela de la camioneta con total tranquilidad.

Descendió sobre el suelo brillante con una prestancia majestuosa, plantando sus zapatillas deportivas con la solidez de una roca indestructible.

Se ajustó la playera negra con un ademán pausado, mirando al director general con una calma de hielo puro:

—Buenas tardes, Horacio. Veo que el sistema de alerta funciona con absoluta precisión.

—A sus órdenes absolutas y en espera de sus instrucciones directas, señor Presidente Don Gabriel —respondió el director con la frente inclinada.

Gabriel dio dos pasos hacia el frente, señalando con la mirada la moldura golpeada de su espejo retrovisor:

—Tome nota inmediata de lo siguiente, Horacio. La solicitud de concesión comercial que presentó la constructora del padre de esta señorita para operar tres locales en el área gourmet queda formalmente cancelada y rechazada a partir de este minuto.

El joven clavó sus pupilas oscuras en los ojos desorbitados de Montserrat, hablando con una voz de acero templado que retumbó en cada rincón del sótano:

—Asimismo, notifique de inmediato a la administración que el vehículo convertible de esta dama tiene prohibido el acceso a cualquier estacionamiento de mi consorcio. En este complejo jamás toleramos a personas que disfrutan de agredir y pisotear la dignidad de quienes visten con sencillez.

—Las órdenes se cumplirán con fe pública y ejecución inmediata en este mismo instante, Don Gabriel —respondió el apoderado legal abriendo su portafolio para certificar la cancelación mercantil.

Montserrat sintió que el suelo de resina se abría bajo sus pies como un pantano hirviendo.

Las piernas se le convirtieron en agua de calambre.

La mujer soberbia que minutos antes se creía la reina indiscutible del lugar…

Cayó sobre sus dos rodillas directamente sobre el piso frío con un golpe seco de sus huesos:

¡BAM!

Su vestido de lino importado se manchó del polvo fino del suelo mientras su bolsa de cocodrilo caía abierta, desparramando billetes y maquillaje por la resina.

Juntó las manos temblorosas frente al pecho en un gesto de súplica viscosa, patética y desgarradora frente a todos los guardias que la miraban con absoluto desprecio:

—¡Don Gabriel! ¡Señor Don Gabriel! ¡Por el amor de Dios bendito, perdóneme la vida! —aullaba Montserrat entre sollozos histéricos de puro pavor animal—. ¡Fue una terrible y monstruosa equivocación! ¡Yo no sabía quién era usted! ¡Pensé que era un chofer nuevo! ¡Le suplico de rodillas que no le cancele los locales a mi padre!

Montserrat avanzó arrastrándose sobre el suelo hacia las zapatillas del joven, intentando tocar el dobladillo de sus pantalones de mezclilla con dedos temblorosos:

—¡Si mi padre pierde ese contrato con Platinum Towers iremos a la quiebra absoluta y toda la familia quedará en la ruina pública! ¡Me pongo a pulir el espejo de su camioneta con mis propias manos ahorita mismo si me perdona!

Gabriel dio dos pasos hacia atrás con una prestancia majestuosa, contemplando a la mujer postrada desde arriba con una calma tan limpia, profunda y templada que congelaba la médula espinal de todos los presentes.

El joven magnate no mostró una sonrisa de revancha vulgar ni alzó la voz para insultar a la insolente caída.

En los ojos de Gabriel había únicamente la justicia implacable del hombre noble que no tolera la podredumbre moral de la prepotencia:

—Ese es su pecado más asqueroso y podrido, señorita Larrea —sentenció Gabriel con una voz de acero templado que retumbó con aterradora nitidez bajo los techos climatizados—. Que si yo hubiera sido realmente un humilde chofer que ganaba un sueldo modesto para pagar la escuela de sus hijos y llevar comida a su casa, usted me habría mandado a golpear con los guardias y me habría arrojado a la calle riéndose a carcajadas, orgullosa de haber humillado y pisoteado a un trabajador honrado para alimentar su vanidad miserable.

Gabriel miró el bolso roto y el maquillaje regado en el piso:

—Creyó que un vestido de lino caro y unas poses de superioridad le otorgaban el derecho divino de pisotear a quien viste una playera sencilla, olvidando que los que verdaderamente tenemos el poder jamás necesitamos humillar a nadie para demostrar nuestra grandeza.

Gabriel miró a los oficiales de seguridad patrimonial:

—Oficiales, cumplan con la instrucción. Escolten a estas dos señoritas hasta la salida vehicular exterior en este mismo segundo. Su presencia en este complejo ha terminado para siempre.

Dos custodios tomaron a Montserrat por los hombros, levantándola del suelo mientras la mujer lloraba deshecha en mocos y pavor, arrastrando los tacones de diseñador ante las miradas de repudio y los aplausos espontáneos de los aparcacoches y empleados de limpieza que presenciaban la escena.

Gabriel subió nuevamente a la camioneta con total naturalidad, mientras Don Horacio le entregaba los informes firmados con una reverencia respetuosa.

Y en ese segundo supremo de máxima gloria moral, dignidad de la sencillez y justicia implacable, justo antes de encender el motor para retirarse…

Gabriel Santillana de la Garza se detuvo en seco.

La mirada fija hacia la pantalla

El joven propietario no aceleró de inmediato para perderse en las avenidas metropolitanas.

Apagó el sistema de audio de la consola central con un movimiento pausado y solemne.

Acomodó la postura de su espalda sobre el asiento de piel, bajando la ventanilla por completo para dejar entrar la brisa del estacionamiento.

Apoyó su brazo derecho sobre el marco de la portezuela con una solidez de roca indestructible.

Dejó que los destellos blancos de las luminarias led iluminaran su rostro limpio bajo las molduras de la camioneta monumental.

No miró a Montserrat, que continuaba sollozando mientras era escoltada hacia la calle pública entre la vergüenza y el desprecio de los transeúntes.

Tampoco miró las bolsas de compras abandonadas en el cajón contiguo.

Gabriel giró el torso despacio hacia adelante, irguiendo su estatura firme dentro del habitáculo.

Clavó sus pupilas oscuras de forma directa, profunda, magnética y absolutamente electrizante hacia la pantalla.

Rompió la cuarta pared de aquel complejo corporativo de ultralujo, atravesando el cristal invisible para conectar su mirada cargada de hierro, sabiduría y nobleza con cada una de las miles de personas que seguían la historia desde sus teléfonos celulares con el corazón encogido:

—Ustedes acaban de presenciar cómo la vanidad y la soberbia de una mujer presumida la llevaron a golpearme el cristal del auto, a llamarme muerto de hambre y a amenazarme con la cárcel creyendo que una vestimenta sencilla le daba el derecho de pisotear la dignidad de quien camina sin alardear por la vida, ¿verdad? —dijo Gabriel con una voz tan clara, potente y solemne que silenció de golpe cualquier otro murmullo en el estacionamiento entero.

El joven levantó la mano derecha hacia los techos monumentales de la plaza y los rascacielos que se alzaban en la superficie, dejando que la luz iluminara sus dedos limpios de constructor y protector:

—Ella creyó que una bolsa de diseñador y unas poses de revista la hacían dueña del mundo, ignorando que el verdadero dueño de cada ladrillo de esta plaza, de la camioneta donde estaba sentado y de la tierra donde estaba parada estuvo frente a ella todo el tiempo dándole una lección que jamás podrá borrar de su memoria. Pero no se despeguen de la pantalla ni por una sola milésima de segundo y corran a buscar el enlace fijado en el primer comentario de esta publicación… porque allí van a descubrir el video exclusivo de la segunda parte donde la junta fiduciaria le revoca todas las licencias comerciales a esta familia usurpadora, y van a disfrutar del humillante desenlace que le recordó al país entero que el honor y el valor de un hombre jamás se miden por la ropa que viste sobre esta tierra.

Gabriel bajó la mano con total parsimonia, regalando una sonrisa de absoluta seguridad, llena de paz, justicia y victoria indestructible.

Subió la ventanilla eléctrica con un suave zumbido hermético mientras el motor de ocho cilindros rugía con potencia controlada para conducirlo hacia la salida principal con los honores de la guardia.

Atrás, sobre la resina pulida del cajón número uno de la plaza más opulenta de la metrópoli, solo quedó el maquillaje regado en el piso como testigo mudo de una soberbia destruida, el eco de una lección histórica de humildad y respeto humano, y una verdad imborrable grabada para siempre en la memoria de todos los que presenciaron la escena:

Que los vestidos de lino importado, las bolsas de piel exótica y las risas de la prepotencia son solo disfraces baratos con los que la mediocridad intenta tapar su propia miseria moral.

Mientras que la verdadera nobleza, la riqueza legítima y el poder sagrado del honor caminan siempre con paso firme, sencillez en el trato y las manos limpias de quien sabe que el valor supremo de un ser humano jamás se mide por las apariencias que presume en la calle, sino por la rectitud inquebrantable y el respeto sincero con el que cuida, valora y defiende la dignidad de sus semejantes sobre esta tierra.


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